Los partidos políticos nacen en el seno de las democracias liberales. Pese a la fuerte matriz individualista que caracteriza el liberalismo, este reconoce la legitimidad y utilidad de los partidos pero estableciendo una limitación muy nítida: el rol de los partidos está ligado originariamente a la arena parlamentaria, a la competición de las élites políticas.
En sus orígenes los partidos habían surgido como asociaciones de carácter privadas abiertas a la adhesión espontánea de los ciudadanos que compartían ciertos intereses. Superadas las iniciales difidencias de las oligarquías monárquico-liberales, los partidos son concebidos como expresión primaria del derecho de asociación política. Ellos se presentan como una emanación directa de la sociedad civil y son, por tanto, extraños a la lógica burocrática-administrativa de las instituciones públicas y están en conflicto con el Estado y sus poderes constituidos.
La tipología de los partidos, aún cuando en la mitad del ochocientos ellos tienden a caracterizarse como “partidos de notables”, es mucho más próxima a aquella de los movimientos e incluso a la de los movimientos revolucionarios que no a la de un aparato burocrático.
La liberal-democracia, con la universalización del sufragio, da vueltas progresivamente este esquema; los partidos comienzan a representar la organización de los ciudadanos que en el ejercicio de sus derechos políticos eligen y establecen legitimidad y apoyo a los gobiernos y a las políticas parlamentarias.
De una desviación democrática, en lo que podríamos llamar una interpretación herética que absolutiza una parte de la verdad, entendiéndola como el todo, surgen las variantes de los partidos políticos no democráticas o con resultados no democráticos, preocupados de regresar cuanto antes a una mítica unidad del pueblo en un sentido orgánico o de construir un nuevo tipo científico que muchas veces se transforman en partidos únicos.
Sólo después de la segunda guerra mundial, por efecto de la universalización del sufragio y del ingreso a la arena parlamentaria de los grandes partidos de masas, se asiste a una gradual transformación de las funciones de los partidos políticos y, en consecuencia, de las funciones del propio parlamento. Los partidos de masas asumen tareas paraestatales de organización y educación moral e intelectual de las masas por una emancipación social antes que política. Read the rest of this entry »


